Conde Nast Traveller

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Texto: Javier Zori del Amo

Róterdam no tiene nada de ese quejido decadente habitual de las ciudades portuarias. Solo rascacielos desordenados, 160 nacionalidades y un despertar turístico que comienza por el mantel. Un futuro prometedor si se tiene en cuenta que se alimenta de un puerto gigantesco y de las pequeñas granjas de los suburbios a las que se puede llegar en metro. Así sería un día dándose a la buena vida en una ciudad donde la pureza ni existe ni es un objetivo.

 

CAFÉ POR EL CABO

Katendrecht, o más conocido popularmente como ‘el Cabo’, siempre fue la oveja negra de Róterdam, el barrio del sonrojo, de los chicos malos y las chicas sin esperanza. Hasta tal punto llegó su decadencia que los capitanes nazis prohibían a sus soldados pisar este barrio. Pero, como sucede con las ruinas de la guerra en Europa, el Cabo se está viniendo arriba con juventud, creatividad y veneración por un buen espresso.

Cruzar los puentes para llegar aquí se justifica solo con una visita al bar del fotógrafo Paul Posse. El fotógrafo más hipster de entre los hipsters de la ciudad ocupa un almacén sin alma con mesas recicladas, fotografías ochenteras y un espresso delicadísimo al que acompaña con bizcochos de chocolate (del no alucinógeno, ¿eh?) y conversación. Habla de sus pasiones, del porqué lleva toda la vida usando unos Levi’s 501, de su obsesión estética y práctica por las bicicletas antiguas y de su nuevo negocio: un restaurante que colocará adyacente a su estudio para que se haga networking cool. Imprescindible. Luego está el resto del barrio, aún apuntalado, en los que los cafés como Zeeuwse Meisjes marcan el camino con su delicado tacto y decoración.

 

 

 

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